jueves, 22 de noviembre de 2007

El mundo como acertijo - Graciela Montes


Estamos viviendo un tiempo raro y de muchas maneras nuevo, en el que el mundo -esto que nos rodea y nos contiene- se nos muestra de a ratos como prisión, de a ratos como desierto, de a ratos como kermesse. A veces tenemos la sensación de estar irremisiblemente "adentro", atrapados en el interior de algo que, mal que bien -más mal que bien para al menos los dos tercios del planeta- nos determina y rige con leyes de hierro nuestra vida. Otras veces la sensación es más bien la de estar "afuera", la de no pertenecer a nada. Nos sentimos solos y demasiado sueltos, ya que "eso" que al parecer nos contiene nos resulta ajeno, no pensable y por completo desprovisto de refugios. Para escapar de estas dos sensaciones de tinte dramático -la de la sumisión a un poder opresivo y la del anonimato y la indiferencia- contamos con la kermesse. Ahí la sensación es la de estar asistiendo a un espectáculo siempre fugaz, y más o menos colorido, mezcla de shopping, reality show y maxikiosco, donde nuestra misión -más allá de sobrevivir- es entretenernos.

Es menos frecuente que el mundo se nos presente de frente, digamos, mirándonos a la cara. En esos casos toma la forma de enigma, de acertijo. Nos sorprende, nos intriga, nos sume en la perplejidad. ¿Qué es esto que me rodea? ¿qué estoy haciendo yo aquí? ¿hay algún indicio del que pueda agarrarme para moverme aquí adentro, para encontrar un sitio? Cuando experimentamos el mundo así, en forma más o menos directa, cuando nos disponemos a recibirlo en toda su multiplicidad, de manera densa, espesa y abigarrada, como cuando éramos niños y nos permitíamos sorprendernos, toma esa forma, la de acertijo, un poco como si se tratara de un texto escrito en otro idioma, un texto que no logramos entender. Sin embargo, las más de las veces la experiencia directa del mundo nos está negada, ya que se nos interponen muchísimas mediaciones, instrumentos, instructivos, consignas, filtros, que nos entregan el mundo envasado y despojado de su enigma. Y esa inquietud, esa perplejidad, van siendo menos frecuentes que antes.

Un mundo opresivo, en el que la concentración de poder es más fuerte que nunca; un mundo indiferente, en el que han estallado los viejos marcos de referencia sin que se hayan constituido otros; un mundo hecho de fugacidad, de espectáculo y entretenimiento inconsecuente, y un mundo mediado, filtrado, cada vez más alejado de la experiencia directa, en el que no nos permitimos, ni se nos permite, sentirnos perplejos y construir nuestros sentidos. ¿Qué lugar puede ocupar la lectura en un mundo como éste?

Sin embargo, yo viene aquí a hablar de lectura, y ustedes a escuchar hablar de lectura. ¿Por qué? ¿Qué nos lleva a dedicar el día a la reflexión sobre la lectura? ¿Por qué hablamos tanto de lectura, y recordamos con nostalgia a los lectores perdidos, y hablamos del modo de conservar a los que nos quedan y planeamos maneras de formar cuanto antes -antes de que la lectura desaparezca del todo- otros lectores nuevos? ¿Por qué tanto dramatismo en el planteo? ¿Cuáles son las ideas, las fantasías y las expectativas que nuestra época deposita en los libros, en la lectura, en las escenas lectoras (si es que deposita algunas)? ¿Por qué nos parece tan necesario salir a predicar que leer es bueno?

Por un lado, no puede llamar la atención que lo hagamos, que salgamos a defender la lectura, ya que vivimos literalmente sumergidos en la letra. Nuestro mundo es un mundo escrito, aunque haya amenaza de extinción de lo que llamamos "lectores" y "lectura". Leer se leen -hay que leer- muchísimas cosas, desde un poema, una novela o un ensayo, a diarios y revistas, manuales, enciclopedias, diccionarios, un folleto, la lista de las compras, la guía telefónica, el horario de los trenes, las indicaciones de pantalla de las computadoras, catálogos, carteles indicadores y publicitarios, cartas, facturas de servicios, etiquetas, el menú de un restorán, inscripciones diversas -grabadas en la piedra o pegadas con un imán a la puerta de la heladera-, recetas o fórmulas químicas y matemáticas. El camino de la letra ha sido hasta ahora arrollador e irreversible.

El analfabetismo resulta decididamente fatal, injusto y excluyente en una sociedad de escritura como es la nuestra. Se dice que se lo está superando y que, en cinco años más, ya no quedarán en el planeta habitantes mayores de diez años que no sepan leer y escribir. ¿Tendremos entonces un número equivalente de lectores? Todos sabemos que no necesariamente. Todos hemos hablado y oído hablar del analfabetismo funcional, del iletrismo, en el que la práctica de lectura y escritura, reducida a lo instrumental, progresivamente va perdiendo sentido y se atrofia. De manera que, si bien ser un lector supone un ser un alfabetizado, aparentemente no todos los alfabetizados son lectores.

Pero entonces, si leer y escribir no es suficiente para tener status de "lector", ¿a quién llamaremos lector? Cuando hablamos de los lectores y de formar lectores, ¿en quién estamos pensando? ¿en un lector como Don Quijote, leyendo con avidez sus novelas de caballería y saliendo luego, lanza en ristre, a emular a los mejores? ¿o en Irineo Funes, la pura memoria? ¿en Madame Bovary, la soñadora, sentada en los jardines de su internado, construyéndose un mundo alternativo? ¿en la madre del revolucionario de Gorki, que aprende a leer en un panfleto por amor a su hijo? ¿en Bastián, el de La historia interminable, siempre a caballo entre dos mundos? ¿en los lectores-libros vivientes que imagina Bradbury en Fahrenheit? ¿en los traductores de Aristóteles, que se peleaban con los teólogos en el siglo XII? ¿en los devotos del folletín? ¿en los activos usuarios de las bibliotecas populares a principios de siglo? ¿Qué clase de escenas lectoras se corporizan en nuestra imaginación cuando hablamos de lectura y qué sentimientos nos despiertan esas escenas? ¿Cómo imaginamos al lector? ¿sentado en su cátedra? ¿tendido en la cama? ¿atento a la pantalla? ¿hojeando una revista? ¿marcando el libro con un lápiz? ¿abrazándolo contra el pecho? ¿esgrimiéndolo en la mano?

Raymond Williams, historiador de la cultura, define un concepto delicado, casi intangible, que llama "structure of feeling", estructura de sentimiento. Es algo así como el tono, la pulsión, el latido de una época. No tiene que ver sólo con su conciencia oficial, sus ideas, sus leyes, sus doctrinas, sino también, además, con las consecuencias que tiene esa conciencia en la vida mientras se la está viviendo. Algo así como el estado de ánimo de toda una sociedad en un período histórico. Algo que se palpa y nunca se atrapa del todo, pero que suele quedar sedimentado en las obras de arte. A eso llama Raymond Williams estructura de sentimiento. Esta estructura de sentimiento, aunque intangible, tiene grandes efectos sobre la cultura, ya que produce explicaciones y significaciones y justificaciones, que, a su vez, influyen sobre la difusión, el consumo y la evaluación de la cultura misma.

La pregunta sería entonces: ¿tiene la lectura un sitio significativo en la "estructura de sentimiento" de nuestra época? Si no lo tiene, no habrá discurso de legitimación que alcance para volver a convertirla en experiencia, y necesariamente todo recién alfabetizado terminará convirtiéndose en iletrado. Y, si lo tiene, ¿cuál es? ¿qué "sentimientos" despierta en nuestro momento histórico la práctica -individual y social- de la lectura? ¿son los mismos que despertaba hace quinientos, doscientos, ochenta o cuarenta años?

Se me ocurre que la lectura -la práctica de la lectura- está en crisis porque ha perdido su vieja significación social y no termina de encontrar una nueva, la que le corresponde a nuestro tiempo. Como si confluyesen, por un lado, un conjunto de "ideas acerca de la lectura", bastante cristalizadas, resabio de la estructura de sentimiento de un momento histórico anterior, y, por el otro, un estado de ánimo -el correspondiente a la época- en el que la práctica de la lectura no termina de encontrar su sitio. Hay un desencaje, el desencaje nos provoca desasosiego, y el desasosiego nos lleva a multiplicar los discursos, que, cuando cristalizan, se convierten en trampas.

Una rehistorización de la lectura puede servir para ayudarnos a salir de los discursos cristalizados. La lectura -como los historiadores de la lectura han mostrado- cambia, tiene una historia, no es de una vez y para siempre, siempre idéntica, sino que ha llegado a ser, se transforma. Ni las modalidades ni los protagonistas son los mismos. Durante muchísimo tiempo la lectura y la escritura fueron privilegio de un grupo muy reducido de personas, las mismas que decidían las guerras, las alianzas, las modas, los impuestos y que, mediante la letra y el canon, la ortodoxia que la letra transmitía, buscaban moldear la configuración simbólica de la sociedad. Pero, como bien se sabe, y aun en esas estrechas circunstancias, aparecieron las contradicciones, y la historia siguió adelante. Hubo luchas religiosas, ascenso de la burguesía, invención de la imprenta, educación pública, alfabetización masiva, secularización, multiplicación de los textos, abaratamiento del libro y, para el siglo XIX, ya había estallado eso que se llamó "el furor de leer". Y apareció "el lector", un agente social nuevo, ágil, capaz de cruzar sus barreras sociales, a la vez devoto y exigente, alerta. Los lectores se interesaban por los lectores. El circuito del libro (formado por escritores, traductores, editores, bibliotecarios, maestros, libreros, tipógrafos e imprenteros) estaba todo, de punta a punta, en manos de lectores.

En ese tiempo de expansión del libro, leer era socialmente muy significativo. La lectura era una llave. Eso no significa que la letra fuera siempre y por naturaleza transmisora de un pensamiento liberador (de hecho buena parte del material que circulaba era dogmático y funcionaba en un sentido domesticador, aunque había de todo). Lo novedoso estaba en el libre acceso, que permitía el surgimiento de esta figura nueva: "el lector" o, muchas veces "el ciudadano lector". En El siglo de las luces de Carpentier, y también de alguna manera en la Amalia de Mármol, es posible encontrar a ese modelo de ciudadano-lector.

Todavía podemos encontrar ese fuerte sentido de promoción social si hablamos con algunos argentinos ya viejos, usuarios de alguna de las más de mil quinientas bibliotecas populares que se abrieron en los barrios y en los pueblos a comienzos de siglo, vinculadas a veces con una sociedad de socorros mutuos, un centro socialista, un sindicato. Luis Alberto Romero dio hace poco una excelente conferencia acerca del espíritu del momento. Leer -y conocer, porque el conocimiento y la discusión estaban ligados a la lectura de biblioteca- era el modo de completar -y de dar sentido- a todo un cambio social en marcha. Leer era ocupar un espacio, convertirse en paseante de la cultura, haciéndola propia, no de manera erudita pero sí con frescura y libertad, como si se recorriese un paisaje. Leer era significativo.

También era significativa la lectura para los protagonistas del acontecimiento de quema de los libros del Centro Editor de América Latina que se rememoró especialmente en la última Feria del Libro de Buenos Aires. Para los que hacíamos esos libros, para los que los leían y también para los inspectores de censura que cayeron sobre nosotros en 1978, en plena dictadura militar, y para el juez que mandó incinerarlos leer era significativo, sin lugar a dudas. A todos, con un sentido o con otro, la lectura, lejos de sernos indiferente, nos significaba.

Un lector era alguien para quien la lectura tenía sentido, significaba. Alguien que, por medio de la lectura -y de todo lo que la lectura traía aparejado: información, marcos culturales, discusión de ideas, mundos fantásticos, viajes- de algún modo redefinía su lugar en el mundo, su lugar personal y también su dimensión social. Y alguien autónomo, además, que entraba y salía de los universos, y hacía su camino.

Creo que es eso lo que extrañamos hoy: la significación -no la masividad-, y la autonomía. Aunque se produzcan hoy muchos más libros que antes, y aunque, en un sentido democrático, sean muchos más los que están en condiciones (potenciales) de leer, leer ya no parece significar, para la estructura de sentimiento de nuestra época, lo que significaba antes. Eso no supone el apocalipsis, ni supone que la lectura esté condenada a desaparecer de la faz de la Tierra, como sugieren algunos profetas de lo irreversible. Lo que supone, sí, es que la lectura está cambiando, y que de alguna manera habrá que refundarla para que gane un nuevo sitio. Debemos estar dispuestos a ese cambio. No creo que nos convenga abroquelarnos en las viejas significaciones, conservándolas así, cristalizadas y en bloque, ofendidos por el avance de las nuevas tecnologías, por la incultura y por la amenaza que parece pender sobre el objeto libro. Por ser lectores, justamente, deberíamos "leer" de manera más libre y más desprejuiciada lo que nos está pasando.

No cabe duda de que al mundo le hacen falta lectores y lectura, en eso estamos todos de acuerdo. Incluso se podría decir que le hacen más falta que nunca (por eso mencionaba al comienzo el poder concentrado, la pérdida de marcos de referencia y el funcionalismo). Pero tampoco cabe duda de que es necesario volver a plantear las cosas.

Voy a hacer pie en el sentido más amplio, fuerte y primario de la palabra "leer": recoger indicios y construir sentido. Y esa es una actividad que comienza al momento de nacer -o acaso antes- y termina en la lectura final, la del estribo (si tenemos la suerte de que la muerte nos sorprenda leyendo). Es anterior al libro, incluso anterior a la letra, y sin duda anterior a la escuela, a las cátedras universitarias, a los circuitos literarios y culturales. Pero es lo que hace a cualquier lectura ser lectura. Y lo que le da peso y sentido, en consecuencia, al libro, a la letra, a la escuela, a la cultura, a la civilización, a la ciencia. Si esa clase de lectura desaparece, la lectura ya no es lectura.

¿Qué es lo que desencadena esa actividad de construcción de sentido? ¿Que nos lleva a recoger indicios y a "dibujarnos" el mundo de cierta manera? El acertijo, el enigma. Esa presencia, enigmática siempre, de lo que nos rodea cuando la recibimos de manera directa, con nuestros sentidos, en toda su densidad. Leemos porque estamos perplejos, sorprendidos, conmovidos e intrigados. Tenemos la difusa sensación de que, en eso que nos deja perplejos, nos sorprende, nos conmueve y nos intriga, algo hay que tal vez podamos atrapar, alguna clave, un secreto.

Visto así, el universo de las lecturas sería una tarea de por vida, un sitio en permanente construcción, una especie de ciudad, siempre en obra, nunca quieta. Cada lectura, como una especie de pequeña constelación de sentido que ingresa y, al ingresar, reordena, reconstruye ese espacio en obra, nuestro espacio propio, nuestra producción más genuina. Si es cierto que el bebé, desde la cuna, busca claves y construye sentido incansablemente -Françoise Dolto piensa que, con el vaivén de una cortina hamacada por el viento, el trino de un pájaro y el cólico que se siente ir y venir por el interior de su cuerpo, el recién nacido es capaz de construir sentido, de "decirse" algo- habría que concluir que esa clase de lectura es la primera en aparecer y la última en desaparecer de nuestra vida. El acertijo no se resuelve nunca, el enigma es siempre mudo -mi límite, como decía Wittgenstein-, pero entre tanto fui construyendo mi ciudad, mi casa, mi pequeña galaxia de lecturas.

Poner la lectura en este terreno elemental no pretende desprestigiar ni disminuir el valor específico de la enseñanza de las destrezas de la lectoescritura, que seguirán teniendo su espacio fundamental, ni quitarle su lugar al libro, al universo de la cultura, al patrimonio escrito, sino reinstalar la lectura en su dimensión humana y en su lugar social: recordarnos que leer es una práctica de lo más natural, que estamos espontáneamente abiertos a la lectura, que todos somos lectores aunque muchas veces luego dejemos de serlo.

Primera posta reflexiva, entonces: el hambre de sentido -el acertijo- desencadena la lectura. Queda claro que, cuando hablo de construir sentido, no me refiero a un significado específico, concreto, como si fuera decodificar una alegoría o un mensaje cifrado. Un niño "lee" el mundo cuando está jugando, por ejemplo. Un artista lo "lee" en su obra. A veces se "lee" con un desplazamiento en el espacio: por ejemplo, cuando se recorre una ciudad de hecho se la está "leyendo". Sí pienso en un lazo importante entre lectura y pensamiento.

Si bien se puede decir que los textos en general y los libros en particular proponen formas de lectura más especializadas (dobles lecturas, además, ya que a la lectura de lo escrito precede el propio lenguaje, que es en sí mismo una forma de lectura), y que las obras que a lo largo de la historia cuajaron en libros fueron componiendo un universo cultural de mucha sutileza y algunas condensaciones formidables, la única manera que tenemos de reinstalar la lectura como una práctica social vigente y extendida es si recuperamos su vínculo con esa necesidad básica que tenemos los humanos de cotejar con el acertijo del mundo.

En ese caso, la pregunta siguiente sería: si nacemos lectores ¿por qué dejamos de serlo? Y derivaríamos en que, al parecer, son las sucesivas desatenciones y exclusiones de nuestros semejantes y de las condiciones del mundo las que terminan por tapiarnos la lectura, disuadiéndonos de una actividad natural y convirtiéndonos entonces, cada vez más, en no lectores. Hasta el punto de llegar a convencernos de que en realidad no podemos leer, incluso de que no podremos leer nunca. Lo que supone un verdadero acto de fuerza, porque nosotros, desde el principio, queríamos construir sentido, éramos lectores.

Si es la sociedad (la ocasión, las condiciones) la que convierte a algunos en lectores cada vez más avisados y a otros en no-lectores, habrá que preguntarse si distintas sociedades, en distintos momentos históricos, han disuadido más o menos a sus lectores de seguir leyendo. Habrá que preguntarse cómo aparecen la ocasión o la clausura de las ocasiones en la crianza y en la educación, en el espíritu de las leyes, en las instituciones. Habrá que preguntarse cuál es la idea que nuestra sociedad tiene hoy de estas cuestiones, qué entiende por lectura, a qué llama lector, qué considera estímulo o disuasión de lectura. Y preguntarse también si los discursos "oficiales" en favor de la lectura no se contradirán con otros "discursos" mudos -señales, indicios, figuras, conductas- que también deberíamos "leer" como buenos lectores. No vaya a ser que los grandes gestos en favor de la lectura de la letra nos impidan leer otros gestos, más contundentes, que sirven para alejar a la mayoría de la población del planeta de toda forma de búsqueda de sentido.

Si observamos más en detalle ese momento histórico particular de nuestros países en que se instaló con fuerza la pasión de la lectura, veríamos que -tal como muestra L.A. Romero- hubo una confluencia de movilidad social, bibliotecas populares, ocio, vida de barrio, un conjunto de intelectuales que se sentían comprometidos con la cultura y con la historia, cierto iluminismo universalista y un puñado de editores entusiastas que producían libros buenos y baratos, todo lo cual terminó por concretar una "estructura de sentimiento" muy favorable a la lectura y a la formación de lectores. Tal vez podamos dar vuelta la cuestión y preguntarnos qué es lo que disuade hoy de la lectura, a pesar de las toneladas de títulos nuevos que se producen y de la fuerte presencia de un discurso institucional, oficial, acerca de la lectura.

Como -vuelvo a lo mismo- las cristalizaciones no son algo propio de buenos lectores, prometo no comenzar por decir que la culpa la tiene la televisión o la computadora. Más bien voy a comenzar por lo más elemental, la "estructura de sentimiento de la época", o lo que de ella podemos percibir dada nuestra falta de perspectiva.

Lo de hoy no parece ser la crítica ni la argumentación ni el razonamiento ni el pensamiento en general -y ya dije que, desde mi punto de vista, lectura y pensamiento están indisolublemente ligados-; tampoco la memoria (otro ingrediente básico). No manifestamos mayor interés por las causas, por la historia de los acontecimientos, la razón de ser, las tramas, las consecuencias, sino que, más bien, nos dedicamos a beber a grandes sorbos las novedades. El tono parece ser así, efímero y voraz: consumir, sin causas ni consecuencias.

Todo esto, que parece verdad de Pero Grullo, que cualquiera puede pulsar con sólo mirar un poco a su alrededor y en el interior de su propia casa, viene a cuento porque contradice, bastante frontalmente, lo que implica la lectura. Que es siempre construcción en el tiempo, y que supone cierta demora, cierta atención, cierto afincamiento. Es decir, justo lo contrario de la fragmentación, la fugacidad y el "surfeo", que parecen ser nuestro tono.

O sea que la lectura, para decirlo con claridad, no está de moda.

Las técnicas de animación a la lectura (una frase que siempre me recuerda la de "técnicas de reanimación" y que no puedo disociar con la ambulancia), sobre todo las más activistas, parecen un intento -algo obsecuente, según mi modo de ver- de acomodar la lectura al clima de época. Hay que "hacer cosas". Está claro que lo que se busca es generar vértigo y espectáculo en torno a una práctica -la lectura- que se ve como demasiado quieta y anclada, demasiado perseverante, demasiado silenciosa, hasta aburrida.

Lo mismo se puede decir del malentendido en torno al "placer de leer". El concepto había nacido en el marco de la "erótica del texto" en que se había embarcado Roland Barthes y que ponía el acento en la corporeidad y en la química de la lectura, pero luego, desprendido de ese marco, mutó, y terminó significando algo así como "divertirse leyendo" o "leer cosas fáciles, divertidas y que no traen problemas" o "leer cómodamente sentado en un almohadón", que también era una manera de aggiornar la lectura al tono de la época. Si bien la vinculación entre lectura y entretenimiento de ningún modo era nueva (la lectura había llegado a ser el entretenimiento favorito del siglo XIX y buena parte del XX), sí resultaba novedoso el mandato de "lo divertido" o de lo pasatista. En esos tiempos en que era la lectura era un entretenimiento favorito de las masas nunca había parecido necesario divorciarla del pensamiento. Los lectores de los folletines que salían en el diario La Prensa recibían literatura estrictamente folletinesca, de género, pero también otra mucho más exigente: Sue y también Balzac, Romain Rolland y Zola. Es de suponer que unos textos "hacían pensar" más que otros, pero los que "hacían pensar" entretenían tanto y tan bien como los otros. En cambio, el mandato de "lo divertido" produjo un gran recorte en las lecturas y una homogeneización que creó condiciones negativas a la práctica.

Es curiosa la instalación de ese mandato porque en estos momentos la función de entretener ya no está primariamente en la letra. Desde mediados del siglo XX los medios audiovisuales ocuparon la parte principal del territorio del ocio. Incluso dentro del propio libro, la imagen ganó nuevo espacio. ¿Cómo juegan esos medios audiovisuales, la programación de la televisión, por ejemplo, que según parece ocupa entre dos y seis horas de la vida de los argentinos, en la evolución y la transformación de la práctica la lectura? No es fácil establecerlo con certeza. De lo lo que cabe duda es de que, en el terreno del entretenimiento, la televisión ha desplazado en buena medida a la letra. En cambio, en la construcción de sentido y en el pensamiento, la televisión parece mucho más rezagada. Es difícil saber si algún día se podrá aprender a "leer" la televisión -como propone Bourdieu-, para convertirse así en un lector de tevé autónomo, del mismo modo en que se puede ser un "lector" de cine autónomo o un lector de textos autónomo. Es difícil saberlo pero no imaginar la posibilidad; en ese caso la reflexión sobre la lectura tendría un nuevo campo. Negarnos a considerar la posibilidad de leer -y entonces criticar y modificar- los medios audiovisuales (pensemos que el libro también sirvió para dogmatizar muchas veces) es, sencillamente, condenarnos a vivir bajo su influjo. Que, por supuesto, es poderoso. ¿Será por eso, por celos de ese entretenimiento tan fácil, que la industria cultural insiste tanto en que los libros son por lo menos tan divertidos como la tevé?

En todo caso, lo cierto es que la transformación se ha dado; ya es un hecho. Y entonces, si la imagen y la voz han ido ocupando muchos de los espacios de la letra, ¿que quedará para los libros? ¿Será su función la misma de hace cincuenta años? Seguramente no la misma, no idéntica: nuestra época ha puesto todo sobre el tapete y nos obliga a redefinirlo todo.

La palabra escrita ha sido considerada tradicionalmente síntesis condensada del acto de lectura tal como lo hemos definido, como construcción de sentido. Los mejores títulos constituyen -aunque sólo para quien ha aprendido a valorarlos, no olvidemos eso- pequeños e invalorables universos portátiles. Pero aun así, y aun teniendo en cuenta que el libro -el códice (que antes fue rollo, no hay que olvidarse)- es un invento formidable, hubo un nuevo golpe de timón en el barco de la lectura y hoy hay quienes auguran la desaparición del libro, como consecuencia del avance de la comunicación virtual por computadora. No creo en la amenaza, pero tampoco creo que haya que adoptar una posición corporativa para defenderse. Sin duda va a haber un reacomodamiento y, en este nuevo universo de la lectura, habrá cotejos y muchas redefiniciones. La historia nos demuestra que no hay una única manera de leer, que la lectura ha ido cambiando y que también que en un momento histórico coexisten diferentes prácticas de lectura y diferentes modelos de lector.

Si la industria editorial estuviese más interesada en resignificar la lectura que en expandir la producción -cosa imposible de esperar, ya que en estos momentos las decisiones últimas de los sellos más grandes ya no están en manos de editores-lectores, como sucedía antes, sino de grandes empresas de lucro (que, en muchos casos, también tienen intereses en los medios de comunicación masiva)-, manifestaría menos pánico y más eficacia: de hecho, el rumbo no parece el adecuado. Si bien la ampliación de los mercados permitió que el libro se abaratara y estuviera siempre al alcance de la mano, los mecanismos que se diseñaron y perfeccionaron en las últimas décadas para lograr ese objetivo de ampliación de los mercados -básicamente la segmentación y el culto a las novedades- minaron la significación social de la lectura.

La exigencia de novedad -habíamos dicho que la fugacidad era una marca de la época- es devoradora. Para satisfacerla la industria crea nuevos segmentos: libros para mujeres de 30 años, para recién casados, para aficionados a las ciencias ocultas, a la pesca, al petit point, a las orquídeas. La segmentación hace ilusión de variedad pero enclaustra los públicos. Es exactamente lo contrario de esas grandes colecciones de que hablaba Romero para las décadas del veinte y del treinta, en las que se ambicionaba darles "todo a todos", porque todos eran lectores y a un lector nada de lo humano podía serle ajeno.

Por otra parte, el circuito se ha ido acelerando cada vez más, de manera que las novedades duran poco y nada. Una librería de Buenos Aires, en los meses que van de marzo a noviembre, recibe alrededor de 300 títulos nuevos por mes, entre los editados en la Argentina y los extranjeros, que, al mes siguiente deberán hacerle sitio a los nuevos. Los buenos libros nuevos no logran hacerse notar en el maremagnum de las ofertas, algunas apoyadas por campañas publicitarias fabulosas, impensables hace sólo treinta años. Como es imposible mantenerse al día con una producción tan alocada, los periodistas de los suplementos culturales "solapean" o se guían por los mandatos del pequeño círculo de amigos, los usuarios desembocan obligadamente en los best-sellers mejor promovidos y los maestros, en los libros de texto que les regalan -les llevan hasta su casa o hasta su aula- los grandes sellos editoriales. El ránking de "más vendidos" que suelen publicar algunos suplementos se parece mucho a la pizarra de cotizaciones de la bolsa de comercio, otra tómbola parecida. ¿Será ese el "mundo de libros" que defendemos?

El libro ha sido durante mucho tiempo un objeto ritual. Había quienes lo anteponían al cuerpo del enfermo en la convicción de que así, por virtud de su magia, el enfermo sanaría. Por mi parte, como lectora que soy, me niego a defender el libro ritualmente. Creo profundamente en la lectura como práctica individual y socialmente transformadora y enriquecedora. Y mi vida está íntimamente vinculada a los libros, que he atesorado y sin cuyos cuerpos no imagino poder vivir. Pero, aún así, me niego a defender ritualmente al libro. A los libros me gusta elegirlos uno a uno, sé que los hay buenos, pero también malos. Soy lectora y, en materia de lectura, me niego a obedecer mandatos y defiendo mi autonomía.

Prefiero hacer pie en la lectura como construcción de sentido, y en los lectores, título que otorgo a priori, en disponibilidad, a todos los humanos. Desde ahí me pregunto: ¿qué interés podría tener nuestra sociedad contemporánea, que ha demostrado que puede declamar la lectura, en reinstalar la lectura como experiencia? ¿se trata de un interés homogéneo o hay grupos sociales que no tienen el menor interés en estimular esa experiencia? ¿es reinstalar la lectura sinónimo de vender más libros? ¿cuál es el status social de la lectura? ¿qué formas nuevas adoptará en el futuro? ¿qué tipo de lector conformará nuestro tiempo y qué le significará a ese lector la lectura ? ¿qué será leer para nuestro contemporáneo? ¿estar solo frente a un libro? ¿solo o en compañía frente a un libro, en el cine, frente a una pantalla, construyendo un relato, interpretando una noticia, navegando por la web, recorriendo una ciudad, reconociéndose en un paisaje? ¿Será posible, en un mundo riguroso y muy filtrado, recuperar la posición de lector, ese temblor, la perplejidad, el hambre de sentido del que se coloca, en un formidable acto de libertad, frenta al acertijo?

Nos va a llevar un tiempo responder a esas preguntas. Y no creo que debamos apurarnos. Hay que aprender a desconfiar de las respuestas demasiado prontas.

El autor de este Texto de Autor es Graciela Montes El contenido ha sido obtenido de: Graciela Montes - http://www.gracielamontes.com